
La Telaraña del Fuego: un país que arde por fuera y por dentro
Chile arde. Y no me refiero solo a sus cerros, bosques o quebradas: hablo de un país que desde hace siete años pierde vidas, hogares, ecosistemas y recursos a un ritmo que ya sobrepasa cualquier parámetro histórico. Lo que hemos vivido desde 2017 no es una secuencia de temporadas «complicadas»; es una cadena de desastres que, vista desde la investigación técnica, revela una verdad incómoda: el fuego es solo la consecuencia visible de un problema mucho más profundo.
El Gran Incendio de Valparaíso de 2024 expuso de manera brutal esa realidad. Ciento treinta y siete vidas perdidas, más de trescientas personas desaparecidas, mil cien heridos y catorce mil viviendas destruidas.
Cuarenta mil desplazados, miles de animales muertos o heridos, noventa y dos kilómetros cuadrados arrasados y más de mil trescientas especies vegetales protegidas borradas del mapa.
No hay exageración: es, por magnitud humana y ambiental, la peor tragedia por fuego en Chile en tiempos modernos.
Pero esta catástrofe no ocurrió en un vacío. Es parte de un periodo donde más de 1,2 millones de hectáreas se han quemado en siete años. Una superficie equivalente a todo Luxemburgo, o tres veces Nueva York, convertida en cenizas. Lo forestal ha sido la columna vertebral del desastre: la pérdida de bosques, suelos, biodiversidad y servicios ecosistémicos ha dejado cicatrices que tardarán generaciones en sanar. Y cuando se quema un bosque, se quema mucho más que vegetación: se quema el clima, la economía, la vida de las comunidades y la estabilidad del país.
El sacrificio humano detrás de estas emergencias tampoco puede pasarse por alto. Como perito, he visto bomberos, brigadistas, rescatistas y voluntarios entregarlo todo: noches sin dormir, jornadas que sobrepasan los límites físicos, estrés extremo, exposición permanente a peligros, y una carga emocional que no siempre se reconoce. Para combatir el fuego, se gastan millones de litros de agua, horas de aeronaves, maquinaria, combustible, infraestructura y alimentación. Recursos que, en cualquier otro contexto, equivale a escuelas, centros de salud, viviendas o programas sociales completos.
Cada temporada es un país reconstruyéndose desde cero.
Y esa realidad duele.
A esta telaraña se suma un fenómeno aún más difícil de comprender: la presencia -aunque mínima, aislada y excepcional- de personas vinculadas a cuerpos de emergencia involucradas en incendios intencionales.
Para muchos, eso es incomprensible. Desde la investigación y la psicología, la explicación es compleja: frustración acumulada, trastornos del control de impulsos, necesidad de reconocimiento, deterioro emocional, consumo problemático o una desconexión moral que no se detectó a tiempo.
No es la institución: es el individuo, y es una señal de que la salud mental debe ser parte urgente del modelo preventivo.
Porque al final, el fuego refleja todo lo que no queremos ver:
- un territorio vulnerable
- instituciones exigidas al límite
- una cultura que normaliza la negligencia
- una sociedad estresada, ansiosa y fragmentada}
- y un modelo de prevención que sigue actuando después de las llamas, no antes.
Chile arde por fuera, pero también arde por dentro.
Arde en sus tensiones sociales, en su desgaste emocional, en su incapacidad de anticipar riesgos y en su resistencia a aprender de cada tragedia. Lo que llamamos incendio forestal ya no pertenece sólo al bosque: es un síntoma de un país que necesita revisar su forma de convivir, de proteger, de educar y de actuar antes de que la chispa aparezca.
La telaraña del fuego no es solo técnica; es humana.
Y mientras no entendamos esa dimensión profunda, seguiremos reconstruyendo ciudades, cerros y vidas, siempre desde las cenizas.
