
Aprender a convivir con el riesgo.
Aprender a convivir con el riesgo.
en territorios donde la naturaleza está siempre presente.
Bosques, praderas, cerros y vientos forman parte de nuestra identidad y de nuestra forma de habitar el país. Para muchas personas, vivir cerca de ese entorno es un sueño legítimo: una vida más tranquila, más bella y más conectada con lo esencial.
Pero la naturaleza no es solo paisaje.
También es dinámica, cambiante y, a veces, riesgosa.
El riesgo y el peligro no son una falla ni una excepción.
Siempre han existido y siempre van a convivir con nosotros.
La diferencia no está en negarlos, sino en entenderlos y prepararnos.
Cuando no conocemos el riesgo, todo lo que ocurre nos parece inesperado.
Cuando lo comprendemos, cuando lo incorporamos a nuestras decisiones, los hechos dejan de ser sorpresivos y pasan a ser imprevistos: situaciones conocidas que, en ciertos momentos, pueden salirse de control y exigir respuesta.
Ese es el verdadero sentido de la educación preventiva.
Vivir en entornos rurales, agrestes o insertos en bosques no significa renunciar a ese entorno.
Significa adaptarse a él con respeto y conciencia.
Ordenar los perímetros de las viviendas, manejar la vegetación cercana, disponer adecuadamente los residuos y crear espacios de transición son acciones simples que reducen riesgos reales.
A estas medidas se pueden sumar sistemas de resguardo activo, como protecciones con agua que ayudan a humedecer superficies, disminuir la radiación térmica y ganar tiempo frente a una amenaza que avanza acompañada del viento.
No son soluciones complejas ni inalcanzables: son desarrollos sencillos, bien pensados, que permiten a una vivienda resistir mejor un escenario adverso.
Nada de esto elimina el riesgo.
Pero sí reduce el daño.
Y reducir el daño siempre será más humano que reparar después de la pérdida.
Sabemos que no todas las personas cuentan con los mismos recursos para implementar estas medidas.
Por eso, la prevención no puede recaer solo en el esfuerzo individual.
Debe ser una tarea colectiva.
Programas municipales, subsidios preventivos, apoyo técnico y trabajo comunitario pueden permitir que más personas protejan sus hogares antes de enfrentar una tragedia. Incluso, estas acciones pueden transformarse en oportunidades: empleo social, trabajo solidario, educación práctica y fortalecimiento del tejido comunitario.
Invertir antes del daño no es un gasto innecesario.
Es una decisión inteligente y solidaria.
Existe también una realidad compleja que no se puede ignorar: la intencionalidad.
Algunos eventos no ocurren por descuido ni por condiciones naturales, sino por acciones deliberadas. Abordar esta situación requiere educación, justicia, responsabilidad y acompañamiento. No se trata solo de castigar, sino de evitar que el daño se repita y de buscar caminos que permitan reparar y recuperar.
Este es un desafío que debe enfrentarse con seriedad, conocimiento y humanidad, desde las disciplinas y las instituciones que tienen esa responsabilidad.
Nada de esto se resuelve solo con normas duras ni solo con buena voluntad.
La vida necesita equilibrio.
Conocimiento para entender.
Preparación para actuar.
Normas para ordenar.
Y algo que no siempre aparece en los manuales: humanidad.
Ese componente humano —casi artístico— que permite sensibilizar, empatizar, comprender el dolor y transformar la experiencia en aprendizaje. Porque no todo es cálculo ni regla exacta. También necesitamos esa capacidad de sentir, de armonizar y de cuidar, incluso en los momentos difíciles.
Convivir con el riesgo no es resignarse.
Es madurar como comunidad.
Es dejar de reaccionar tarde y empezar a anticipar juntos.
Es proteger lo que amamos antes de perderlo.
Y es entender que educar, prevenir y cuidar no es solo una estrategia técnica, sino una forma más consciente, solidaria y digna de vivir.
